sábado, 23 de abril de 2011

Día del Libro

Para conmemorar el Día del Libro de este año, me gustaría recomendar a mis lectores los libros que más me han gustado o, en su caso, impresionado, a lo largo de mi vida. Los he clasificado en cuatro categorías: Poesía, Teatro, Novela y Novela juvenil. Dentro de cada una incluyo tres libros, una sinopsis y un fragmento de cada uno de ellos. Os aseguro que leerlos merece la pena… Igualmente, acepto encantada cualquier recomendación por vuestra parte. Feliz Día del Libro.


POESÍA


1) La realidad y el deseo, de Luis Cernuda: Con diferencia, el libro que más me ha marcado en toda mi vida. Una recopilación elaborada por el propio autor de todos sus poemarios: desde el joven Perfil del aire hasta el grave Desolación de la quimera. Una lucha arrasadora entre la Realidad y los deseos imposibles del poeta. Un canto a la soledad, el desarraigo y el amor no correspondido.

«Como los erizos, un día los hombres sintieron su frío y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos. ¿Qué queda de las alegrías y penas del amor cuando este desaparece? Nada, o peor que nada; queda el recuerdo de un olvido.»

2) Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca: Compuesto por los cuatro poemas que Lorca escribió a la muerte de su gran amigo, el torero Sánchez Mejías. Mezcla el más puro surrealismo lorquiano con ese matiz ronco y andaluz del primer Lorca. El punto culminante de su obra poética.

«El otoño vendrá con caracolas,

uva de niebla y monjes agrupados,

pero nadie querrá mirar tus ojos

porque te has muerto para siempre.»

3) Palabra sobre palabra, de Ángel González: La recopilación de la poesía completa del autor, a excepción de Nada grave, su libro póstumo. Amor, pesimismo y soledad cubiertos por una magistral capa de ironía.

«Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesa de noche

por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro.»


TEATRO

1) Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca: Una de las dos obras del llamado teatro imposible lorquiano, junto con El público. Lorca la definió como Leyenda del tiempo en tres actos y cinco cuadros. La obra trata, en efecto, del eterno enfrentamiento entre el amor y el tiempo, convirtiéndolo en un amor imposible.

«Yo en cambio, sabía que tú no me querrías nunca. Y, sin embargo, yo he levantado mi amor y te he cambiado y te he visto por los rincones de mi casa. Te quiero, pero más lejos de ti. He huido tanto, que necesito contemplar el mar para poder evocar el temblor de tu boca.»

2) La fundación, de Antonio Buero Vallejo: La obra más magistral de todo el magistral teatro de este autor. No puedo dar pistas de la conclusión porque se trata, ante todo, de un misterio. Comienza en la lujosa habitación de una moderna fundación donde una serie de empleados comienzan a tener extrañas impresiones. En la frontera entre la realidad y la locura.

«Crees. Pero tu cabeza no rige bien; tú mismo lo reconoces ya… Ves cosas que los demás no vemos, hablas de personas que desconocemos… Supongamos por un momento que estás bajo la impresión de un falso recuerdo.»

3) Comedia inacabada y sin título, de Luis Cernuda: Como bien dice el título (o la ausencia de él), está inacabada; Cernuda nunca sintió una gran pasión por escribir teatro… No obstante, las pocas páginas que conservamos nos muestran el comienzo de la historia de un joven, Conrado, que se busca a sí mismo sin encontrarse, y cuyo mundo se trastoca al conocer a una misteriosa y libre criatura llamada El Silfo…

«Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de fuego por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte; siempre desearás un lugar diferente.»


NOVELA


1) Niebla, de Miguel de Unamuno: No se trata en este caso de una novela, sino de una nivola. Augusto, el protagonista, vive una serie de acontecimientos que le llevan a plantearse si hay alguien que maneja su existencia, o su no existencia… ¿Cuál será el misterio?

«Y esta mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios, o de quién sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos para adormecerle, para acunar su sueño?»

2) Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes: Un anciano pintor al que la inspiración creativa le ha abandonado, narra los últimos años de vida de su mujer, Ana, que era la luz que iluminaba las vidas de quienes la rodeaban. De telón de fondo, la agitada España de 1975…

«Entre sus labios temblaba una sonrisa melancólica, tan pequeña que era más bien un esbozo. No había advertido mi presencia, pero cuando subí otro peldaño, dirigió los ojos a la escalera sin el menor sobresalto; sonrió al verme: No bajan los ángeles, ¿verdad?, dijo. Me miraba resignada, con una pálida piedad. Yo asentí con la cabeza. ¿Hace mucho tiempo? Hice un esfuerzo: Desde que enfermaste, dije.»

3) Diez negritos, de Agatha Christie: El mejor de esta autora. Diez desconocidos son invitados a una mansión en la isla del Negro. Al llegar allí, no existe ningún anfitrión, sino una cinta que les acusa de una serie de crímenes. Uno a uno serán asesinados, siguiendo las estrofas de una ingenua canción infantil. Y el asesino solo puede ser uno de ellos…

«“Diez negritos se fueron a cenar. Uno se ahogó y quedaron: nueve”. ¡Es horroroso! Exactamente lo que ha pasado esta noche, se dijo. Ella no quería morir. Era inimaginable querer morir. ¡La muerte era para los demás!»


NOVELA JUVENIL


1) Las brujas, de Roald Dahl: Mi libro favorito de mi infancia. Un niño y su abuela han de enfrentarse a toda una comunidad de brujas, seres diabólicos que, sin embargo, se confunden con mujeres de carne y hueso. Sin embargo, hay una serie de pistas para distinguirlas…

«En realidad, las brujas no son mujeres. Parecen mujeres. Hablan como las mujeres. Y pueden actuar como las mujeres. Pero, de hecho, son seres completamente diferentes. Son demonios con forma humana. Por eso tienen garras y las cabezas calvas y narices raras y ojos extraños, todo lo cual tienen que disimular lo mejor que pueden delante del resto del mundo.»

2) Marina, de Carlos Ruiz Zafón: Una trama en la que se entremezclan amor y misterio, al más puro estilo Zafón. Todo comienza cuando Óscar conoce a Marina, una hermosa e intrigante niña que sueña con ser escritora. Es ella quien le conduce hacia la sombra que cada día acude al cementerio de Barcelona…

«Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes que harían bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes, aunque sean bellas, nunca despiertan de su sueño.»

3) Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite: Sara Allen se escapa por las caóticas calles de Manhattan para llevarle una tarta a su abuela, de parte de su madre. Por el camino, se encuentra con Miss Lunatic, una misteriosa anciana que es algo más que una simple mendiga… Intriga, ingenio y mucha imaginación.

«-¿No sería miedo a la Libertad? –preguntó Miss Lunatic solemnemente.

Y al hacer esta pregunta levantó el brazo derecho y lo mantuvo unos instantes en alto, como si sujetara una antorcha imaginaria. Sara experimentó una leve inquietud al reconocer el gesto de la estatua. Miss Lunatic lo había imitado muy bien.»

.

A todo esto, hay que añadir varias cosas. La primera: en Poesía deberían figurar también Salinas y Aberti, pero dije que solamente tres… En Novela, la decisión ha sido muy difícil, puesto que hay demasiadas. En Novela juvenil, no me parece justo no mencionar Harry Potter (sí, es mi pequeña debilidad bestsellera, lo confieso; esos libros me han marcado para siempre), pero la gran mayoría de la población los ha leído u oído mencionar, y no quería desaprovechar una recomendación…

jueves, 3 de febrero de 2011

Vuelta al simbolismo

"Viajero frente a un mar de nubes", de Caspar David Friedrich


¿Huir? La fuga es el recurso romántico.

(Luis Cernuda)


Vuelvo a dedicar otra entrada a José Manuel Caballero Bonald, esta vez en referencia a su entrevista en Babelia hoy, en la que ha hablado sobre las tendencias de la poesía actual. En sus propias palabras, los jóvenes poetas están rompiendo con el realismo imperante en las últimas décadas para internarse por un simbolismo o un presurrealismo cuyas raíces se encuentran en la época de los románticos.

José Manuel Caballero Bonald, poeta de la Generación de los 50

¿Volvemos a alejarnos de la realidad? No olvidemos que el sentido del movimiento romántico del siglo XIX era evadirse en el tiempo y en el espacio, a mundos de fantasía o épocas antiguas idealizadas. Herederos en parte de ese romanticismo literario son otros movimientos desarrollados a lo largo de ese siglo; como el modernismo, el parnasianismo y, muy especialmente, el simbolismo. Y vayamos a la definición más célebre de simbolismo, aportada por uno de sus poetas integrantes, Jean Moréas, que consideró el movimiento como enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la descripción objetiva. Es decir, una huida de la racionalidad y un deseo de ausencia: de inventar un mundo construido a base de símbolos o de transformar el mundo que conocemos dando la vuelta a los cánones de realidad.

Paul Verlaine, poeta destacado del simbolismo francés

El simbolismo fue tan importante en el panorama literario que puede considerarse como precursor de una de las vanguardias surgidas tras la Primera Guerra Mundial: el surrealismo. El surrealismo desafía la lógica y la razón a través de imágenes conseguidas a partir de la escritura automática, que profundiza en las teorías freudianas de la interpretación de los sueños. Al contrario de lo que podemos percibir en otros movimientos artísticos, en los cuales hay una cierta independencia entre sus distintas manifestaciones, en el surrealismo se produce una clara identificación entre literatura y pintura. Tal vez porque dicha literatura se basa precisamente en imágenes, es algo así como transcribir una pintura surrealista a palabras.

"El espejo", de René Magritte

El deseo de huida de la realidad terminó con la proximidad de la Segunda Guerra Mundial y, más concretamente, con el comienzo de la Guerra Civil española. En torno a 1936, la literatura se puso al servicio de la ideología política o dio voz al pueblo, aferrándose a la realidad para mezclarse con ella y aspirar a transformarla. Ese realismo se mantuvo durante toda la posguerra, y ha predominado desde entonces –la generación poética de los 50 es un claro ejemplo.


De repente, en pleno siglo XXI, Caballero Bonald afirma que está renaciendo aquel remoto simbolismo, adaptado a los nuevos tiempos. El poeta habla también de presurrealismo para subrayar su diferencia del surrealismo puro y duro, que paradójicamente era una escuela muy cerrada y con limitaciones temáticas. Actualmente impera, según Caballero Bonald, la diversidad, la ausencia de escuelas.

A los jóvenes poetas nos recomienda ciertas lecturas esenciales: los románticos ingleses y alemanes (Keats, Shelley, Holderlin…), las Soledades de Góngora, poetas hispanoamericanos como César Vallejo u Octavio Paz, y los que él considera los tres fundamentales de la literatura española contemporánea: Juan Ramón, Cernuda y García Lorca. A este respecto, me gustaría señalar el paralelismo de las recomendaciones con la trayectoria literaria de Luis Cernuda –que, en anteriores entrevistas, el escritor ha definido como el mejor de la Generación del 27. Cernuda fue el mayor especialista en Bécquer –poeta prerromántico por excelencia-, y se adentró por el romanticismo inglés y alemán –recordemos aquella anécdota según la cual se llevaba un libro de Holderlin al frente durante la Guerra Civil-, muchos de cuyos autores tradujo al español. Su etapa de madurez, con poemas filosóficos y reflexivos, demuestra claramente las influencias. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que Cernuda fue un romántico moderno.

Luis Cernuda, poeta y crítico de la Generación del 27

No conozco lo suficiente la poesía joven actual como para corroborar la opinión de Caballero Bonald pero, en todo caso, personalmente creo que la humanidad no podría permanecer en un interminable estado de irrealidad: todos necesitamos evadirnos –tal vez, algunos más que otros. Y puede ser que en esa aparente irrealidad haya más objetividad que en cualquier otro camino.

martes, 1 de febrero de 2011

Surrealismo lorquiano


Con Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes


El pasado martes 23 de enero, tuve ocasión de asistir a una conferencia impartida por el poeta José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid sobre Federico García Lorca: “Federico García Lorca: recreación de la palabra”.

Con su habitual genialidad y lucidez –asombrosa, por otra parte, para su edad-, el maestro de la Generación de los 50 nos deleitó con una brillante reflexión sobre las etapas de la poesía lorquiana, tan distintas y a la vez tan conectadas entre sí. Planteó la lírica popular andaluza como un telón de fondo que se mantiene desde el primer Lorca de Libro de Poemas, Canciones o Romancero Gitano, hasta el Lorca cuasi surrealista de Poeta en Nueva York y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Caballero Bonald en el ciclo Maestros x Maestros de la Residencia

Esa lírica popular es precisamente la que le impide considerar sus obras más surrealistas como auténticamente surrealistas. Caballero Bonald señaló que en Poeta en Nueva York, a pesar de tender Lorca hacia un surrealismo puro, en determinados momentos de la obra no puede evitar un giro hacia sus orígenes, e introducir imágenes que, para el movimiento surrealista, podrían ser “demasiado sentimentales”. Caballero Bonald destacó el Llanto por tratarse de la obra en la que Federico combina con mayor soltura sus dos caras poéticas. Veamos, por ejemplo, el contraste entre estas dos estrofas de Alma ausente:

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

"El beso", dibujo surrealista de FGL

Lorca siempre se negó a cualquier tipo de adoctrinamiento. En política –a pesar de sus ideas progresistas e izquierdistas- no estuvo afiliado a ningún partido –él decía considerarse del partido de los pobres-; en literatura, nunca quiso encuadrarse en ninguna vanguardia, a pesar de que Guillermo de Torre y otros autores intentaron conducirle por la senda del ultraísmo, en sus tiempos de Residencia. Tal vez quien más consiguió a este respecto fue Salvador Dalí, su íntimo amigo y amor platónico, que por aquellos tiempos comenzaba a unirse al movimiento surrealista y a despreciar todo lo que pudiera considerarse mínimamente sentimental o caduco. Eran los tiempos de los putrefactos y del odio acérrimo al melancólico y blando Platero de JRJ. Federico quedó contagiado en parte de este espíritu, pero sin rebajarse a él y siguiendo siempre su propio camino, como queda demostrado en sus obras a partir de 1929.

Residencia de Estudiantes de Madrid

Podemos hablar, por tanto, de un surrealismo lorquiano, separado del movimiento surrealista más oficial, con características propias y especiales. Una creación del genial autor granadino. Y yo no puedo evitar hacerme la misma pregunta que planteó Caballero Bonald para finalizar su conferencia en la Residencia: ¿si Lorca evolucionó de una forma tan increíble en veinte años, qué nos hubiera deparado su madurez poética si no hubiese sido asesinado en aquel terrible julio del 36?

domingo, 31 de octubre de 2010

El poeta que supo llegar al corazón


Miguel Hernández durante la Guerra Civil española


A lo largo de este último año, la figura de Miguel Hernández ha ido ganando una inusitada relevancia en el panorama literario actual. Hemos pasado de apenas encontrar obras suyas en las estanterías de las librerías españolas más populares –en algunas, como Fnac, su nombre ni siquiera figuraba en la clasificación- a tener un día sí y otro también conferencias en torno a su persona, exposiciones, tertulias; a ver publicadas numerosas biografías y ensayos y, lo absolutamente sorprendente y deseable: una obra completa en condiciones. Me refiero a los dos elegantes volúmenes de Espasa que aparecieron la pasada primavera y recogen tanto su poesía como su prosa y teatro, e incluso su epistolario. Hemos debido esperar al 100 aniversario de su nacimiento –que tuvo el pasado 30 de octubre- para que algo que debió hacerse mucho tiempo atrás –es vergonzoso que no existiera una obra completa de uno de los poetas más importantes en lengua española- sea por fin realidad. Pero, por desgracia, esto ocurre así con la mayoría de poetas –recuerdo especialmente el caso de Cernuda, al cual se empezó a valorar verdaderamente a partir de 2002, año en que se cumplían 100 años desde su nacimiento.

Además de en el plano literario, Hernández ha ocupado parte del panorama político-jurídico al protagonizar una batalla que sus herederos y los miembros de la asociación que lleva su nombre están llevando a cabo para limpiar su memoria exigiendo al Tribunal Supremo que anule la sentencia de muerte a que fue condenado en 1940 por rebelión contra el movimiento franquista. La sentencia fue dictada por el Consejo de Guerra Permanente, un órgano franquista, y no se pudo cumplir porque el poeta murió antes –aunque fue previamente conmutada por cadena perpetua. A día de hoy, sigue vigente.



El poeta recitando en el frente de batalla

El caso es que, entre unas cosas y otras, últimamente no se oye hablar más que de Miguel Hernández. Y sin embargo, su persona sigue siendo un hueso duro de roer a la hora de ser clasificada en generaciones o movimientos literarios. Hablar de Miguel Hernández es hablar de una obra independiente, original, inclasificable. Algunos estudiosos lo incluyen dentro de la Generación del 27, y lo contemplan como una especie de discípulo de poetas como Alberti, García Lorca o Aleixandre –a este último lo unieron lazos más personales que poéticos. El mismo Dámaso Alonso lo considera como hermano menor o genial epígono. Si bien es cierto que Hernández se movió en los círculos próximos a esta generación, nunca entró en ella de lleno y por su edad, no le corresponde. Hernández nació en 1910, cinco años más tarde que el benjamín de la Generación: el malagueño Manuel Altolaguirre. Tal vez precisamente por su edad proceda más incluirlo en la siguiente generación: la del 36, compuesta por escritores como Buero Vallejo, Cela, Delibes, Celaya, Panero, Ridruejo… Pero tampoco considero que esta generación sea la más apropiada para el poeta, puesto que es conocida también con el nombre de generación de la posguerra, y la actividad literaria de Hernández se desarrolló principalmente en los años treinta y cobró toda su fuerza durante la Guerra Civil española. Es más, su prematura muerte en 1942 actúa como un firme contraargumento a esta tesis.





El poeta recitando en el frente de batalla


No solo su persona, también su poesía resulta en muchos aspectos inusual para la época que le tocó vivir. Miguel Hernández no incurrió en ningún movimiento de vanguardia, como sus contemporáneos; se nutrió directamente de fuentes clásicas como Góngora o Garcilaso, un hecho que queda perfectamente reflejado en sus primeras obras, Perito en lunas y El rayo que no cesa, de corte barroco y de algún modo anticuado para aquellos años. Es poco antes del estallido de la Guerra Civil cuando el poeta deja atrás la religiosidad y la temática que había mantenido hasta entonces, para simplificar su discurso y acercarse al pueblo: para ser el pueblo mismo. Viento del pueblo y El hombre acecha son dos obras escritas en este último período, compuestas de poemas que el propio Hernández recitaba en el frente de batalla para animar a los soldados republicanos. Cancionero y romancero de ausencias es la última lágrima literaria del poeta, escrita desde la cárcel, desgarradoramente tierna y, tal vez, la auténtica muestra real de la poesía de Miguel. Porque en ella ya no encontramos pretensiones en la forma, como en las primeras, o aspiraciones bélicas; en ella el poeta dibuja su añoranza, su nostalgia y su tristeza de una manera simple que llega al corazón. Y precisamente ahí está la clave de la celebridad de Miguel Hernández.


El poeta recitando en el frente de batalla


Miguel Hernández, hijo de cabreros, autodidacta literario, auténtico poeta del pueblo –más que ningún otro-; constituye una clara demostración de que, a menudo, las tendencias en literatura, los movimientos artísticos o las generaciones quedan en un plano secundario frente a la Poesía, en cualquier estilo o forma, que sepa llegar al corazón de la gente. Miguel, con un estilo que muchos podrían considerar entonces pasado de moda, consiguió llegar a la cumbre de la literatura española, y de ser estudiado al lado de tantas otras grandes figuras como Lorca, Alberti o Machado. He ahí un ejemplo de superación; he ahí un Poeta.

Para terminar, dejo aquí una presentación que realicé hace un tiempo:


Entradas populares