jueves, 25 de febrero de 2010

Pero que todos sepan que no ha muerto

.Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos.
¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!»

Mariano José de Larra


Él conocía que todo estaba muerto

en mí, que yo era un muerto
andando entre los muertos.

Luis Cernuda


Mariano José de Larra, por Gutiérrez de la Vega




El pesimismo siempre fue inherente a Mariano José de Larra. Él fue quien dijo aquello de “Escribir en España es llorar”, que años más tarde Luis Cernuda reforzaría con su verso “Escribir en España no es llorar, es morir”, en aquel célebre poema en el que le regala unas violetas. Morir. Cabe preguntarse en qué momento murió Larra, si acaso no lo hizo antes, mucho antes de disparar aquel arma que lo trasladó a la cumbre de todas las leyendas del romanticismo. Si acaso no estaba ya muerto mientras paseaba por aquel lóbrego cementerio que era la ciudad de Madrid –esa ciudad de más de un millón de cadáveres-, en el que hasta la esperanza, luz efímera apenas entrevista, encontró un sepulcro en su propio corazón.

Larra no murió el 13 de febrero de 1837; empezó a morir desde el instante inconcreto en que fue consciente de la profunda parálisis que envolvía su sociedad, esa sociedad a la que nunca se sintió pertenecer. Y aun estando muerto, libró una cruenta batalla contra la realidad, contra el silencio, contra la terrible censura de la época. El Duende Satírico, El Pobrecito Hablador, Fígaro: sentenciosos fantasmas que esgrimían incesantemente su largo y furioso lamento. Con brillantez, inteligencia e ironía; Larra criticó el absolutismo, el miedo, la pereza, la apatía, las tradiciones caducas, el lamentable desinterés por la cultura; y lo hizo mezclando dos mundos que confluyen más de lo que habitualmente imaginamos: el periodismo y la literatura.

Doscientos años más tarde de su nacimiento, una exposición en la Biblioteca Nacional de Madrid recuerda no solo su obra, sino también al hombre que había tras ella y que se atrevió a luchar contra el silencio. Cartas, cuadros, trajes, enseres personales; detalles que uno a uno configuran su persona, que nos trasladan a otra época, que nos hacen preguntarnos si realmente sus palabras podrán pasar de moda alguna vez. Después de todo, y a pesar de que, afortunadamente, la democracia ha llegado a nuestra sociedad, una no puede dejar de presentir una leve, casi imperceptible ausencia de algo inconcreto. Una apatía incierta que domina el mundo, que lo frivoliza, que nos hace sentirnos extranjeros en nuestra propia tierra si queremos sentir algo más profundo que la mera existencia. La diferencia es que ya no contamos con un Fígaro que nos inste a tener curiosidad por aprender, a interesarnos por la cultura o a ser más honestos. Solo nos queda su recuerdo y su voz rebelándose desde el fondo de los libros.

Tal vez Larra no renunciara aquel 13 de febrero a la vida, sino precisamente a la muerte: a la muerte que le aguardaba en cada una de las esquinas de su atormentada existencia, de su inevitable exilio interior, de la impotencia que suponía vivir en un país sonámbulo sin conseguir despertarlo. Simplemente, descubrió que ya no quería seguir viviendo en aquella muerte. Fue su última queja, su última crítica a un mundo sórdido y terrible. Y España entera guardó luto por uno de los más grandes escritores, periodistas y críticos que ha tenido nuestro país. Pero el olvido ya jamás lo envolvería en sus oscuras aguas, porque fue entonces cuando nació la leyenda. Finalizo con unos versos de Lorca que, a mi modo de ver, reflejan lo que pudo pasar por la cabeza de aquel genio segundos antes de disparar la pistola:

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto.

Federico García Lorca



RECURSOS:




jueves, 17 de diciembre de 2009

Cuestión de números


Federico García Lorca, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre


Hoy se cumplen 82 años desde la celebración, en el Ateneo de Sevilla, del acto conmemorativo por el tercer centenario de la muerte de Góngora que dio nombre a la Generación del 27. Organizados por el torero y literato Ignacio Sánchez Mejía –famoso por la Elegía que a su muerte le dedicara García Lorca-, los actos se desarrollaron a lo largo de dos días -16 y 17 de diciembre-, no en el edificio del Ateneo, sino en el vecino de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. En ellos participaron varios escritores llegados desde Madrid (Lorca, Alberti, Guillén, Alonso, Diego, Chabás y Bergamín), acompañados por Sánchez Mejías; que realizaron lecturas de ensayos y poemas, tanto propios como de Góngora, y también de los jóvenes poetas sevillanos agrupados en torno a la revista Mediodía, incluidos entre el público –Adriano del Valle, Fernando Villalón, Joaquín Romero Murube y Luis Cernuda, entre otros. Ya concluidos los actos, el día 18, Sánchez Mejías organizó una fiesta en su finca, Pino Montano, a la que invitó a todos los asistentes. Allí tuvieron lugar divertidas anécdotas relatadas en numerosas ocasiones en los escritos biográficos de los presentes, como Rafael Alberti o Dámaso Alonso. Fue una oportunidad de conocerse mejor y estrechar los lazos de amistad que tan relevantes resultarían para los integrantes de esta generación literaria.

De aquel acto nos queda una fotografía , tomada por Pepín Bello, que estaba entre el público, que se ha convertido en una de las más populares de la literatura española. En ella podemos ver, de izquierda a derecha, a Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Romero, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.


Conmemoración al tercer centenario de la muerte de Góngora en 1927


Sin embargo, no todos los críticos coinciden en la denominación de Generación del 27, puesto que en tales actos conmemorativos faltaron algunas de las figuras más relevantes de la joven literatura de la época, como Vicente Aleixandre, Emilio Prados o Manuel Altolaguirre –estos dos últimos, considerados injustamente segundones, hasta el punto de que a menudo no se incluyen sus nombres en los manuales de texto-, y otros se encontraron entre el público. Luis Cernuda, crítico notable además de poeta, fue quien acuñó la denominación de Generación de 1925 para referirse a todos ellos, en su ensayo Estudios sobre poesía española contemporánea, cuando aún no se había aceptado la actual. Posteriormente, una parte de la crítica prefirió –y prefiere- seguir utilizando la denominación cernudiana. Los argumentos de Cernuda los expone a la perfección en el mencionado ensayo:

«Entre los años 1920 y 1930 aparecen los libros primeros de una nueva generación poética. Federico García Lorca es quien se adelanta en 1921 con su Libro de Poemas y Jorge Guillén, el más tardío, con la edición primera de Cántico en 1928. Mediando de una fecha a la otra, se publican: Imagen, de Gerardo Diego, en 1922 (no es su primer libro, pero sí el más importante de sus libros primeros); Presagios, de Pedro Salinas, en 1923; Tiempo, de Emilio Prados, en 1925; Marinero en Tierra, de Rafael Alberti, también en 1925; Las islas invitadas, de Manuel Altolaguirre, en 1926; y Ámbito, de Vicente Aleixandre, publicado, como Cántico, en 1928, pero anticipado a este en algunos meses. (…) A falta de denominación aceptada, la necesidad me lleva a usar la de generación de 1925, fecha que, aun cuando nada signifique históricamente, representa al menos un término medio en la aparición de sus primeros libros.» (Luis Cernuda, Estudios sobre poesía contemporánea española, 1957).


Luis Cernuda en los años treinta


A esto hay que añadir que en 1925 también se publicó Perfil del aire, primer libro del autor de este ensayo, que por humildad no lo ha incluido en sus palabras. Aunque Cernuda admite que es la necesidad la que lo lleva a escoger tal fecha, a falta de una denominación aceptada, su elección es bastante más acertada de lo que pretende darnos a entender, incluso él mismo siguió usando la denominación una vez generalizada la del 27.

A título personal, he de decir que yo, al contrario que la mayoría, opto más por la de 1925, ya que considero que el homenaje a Góngora no reúne en sí mismo las suficientes condiciones de relevancia como para englobar a una generación entera, y ya no solamente por el hecho de que hubiera figuras importantes que no participaran en él. Resulta cierto que la influencia de Góngora fue clave para todos aquellos poetas durante los primeros años, pero antes de esta etapa clasicista hubo una metafórica, llamémosla, influenciada en grado sumo por las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Y hacia 1927, ya se produjo un abandono generalizado del clasicismo y una preferencia por nuevas corrientes como el surrealismo. Así pues, Góngora no constituye más que una etapa transitoria en la mayoría de autores de la generación, y parece un poco brusco, por tanto, encasillarlos en él. Dicho lo cual el acto celebrado en Sevilla en 1927 se habría de considerar más como una fecha anecdótica en el panorama literario español que como una fecha histórica propiamente dicha, si la comparamos, por ejemplo, con 1898. Este fue el año en que España perdió Cuba, el año que dio nombre a la generación anterior, la del 98; pero en este caso sí se trata de una fecha histórica que marcaría el rumbo de la literatura de la época.


Publicación de "La realidad y el deseo" en 1936


La generación del 27, o del 25, existe ya antes del homenaje a Góngora, y existirá con mucha mayor fuerza después, durante la II República. Elegir esa fecha para otorgarles una denominación me parece un poco atrevido. Incluso podría decir que, si tuviéramos que escoger una fecha clave para la generación, los años de la Guerra Civil me parecerían mucho más apropiados, porque no solo se trata de una fecha histórica, sino que además constituye un punto de inflexión en la obra de todos los autores, que interrumpieron el rumbo de su poesía para escribir la llamada poesía urgente, y que acabó separando definitivamente a todos ellos: unos se exiliaron, otros decidieron quedarse en la nueva dictadura. Y en todos se produjo una evolución poética, ya fuera para expresar la nostalgia por la patria perdida –Cernuda, Alberti-, su desarraigo en la nueva España –Aleixandre, Dámaso Alonso- o su a la dictadura –caso de Gerardo Diego.

Puede que precisamente este último argumento sea el que esgriman algunos para hacer frente a mi modesta opinión: que la Guerra Civil dividió muchos de los lazos de amistad que caracterizaron a toda esta generación. O que la actividad literaria en el exilio debiera considerarse aparte de sus trayectorias anteriores… No quiero profundizar en ello pero, en cualquier caso, a falta de una denominación que me parezca más indicada, yo prefiero optar por la de Generación de 1925. Cuestión de números, al fin y al cabo.
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Finalizo con un video elaborado por quien esto escribe, con fotografías de la época:
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jueves, 26 de noviembre de 2009

Ya se bajó el telón

Francisco Ayala en 2007



Después de dejar el blog en manos del olvido durante un largo tiempo, he decidido volver a retomarlo, aprovechando esta primera entrada de la nueva era para hacer algo que tenía pendiente desde hace varias semanas: dedicarle unas líneas a Francisco Ayala, fallecido el pasado 3 de noviembre a los 103 años.

Lo primero que subrayaron los medios fue que había muerto el último representante de la Generación del 27. El mismo enunciado que habían utilizado para el fallecimiento de Rafael Alberti en 1999 y, posteriormente, para el de Pepín Bello en 2008. Lo más contradictorio es que se trata de los mismos medios, como si fueran capaces de aclararse y no les importara confundir a los lectores. Parece que los representantes vivos de la Generación del 27 no se les acaban nunca…

Con esto no quiero mostrar mi oposición a incluir a Ayala dentro de esta generación; al contrario, mi opinión es que, a pesar de que no poseyera fuertes lazos de unión con el resto de miembros, el compromiso de su obra y la época que le tocó vivir lo sitúan claramente dentro de ella. Sin embargo, la mayor parte de la crítica lo ha catalogado siempre como escritor inclasificable. En este mismo blog publiqué hace meses, con motivo del 103 cumpleaños de Ayala, un artículo que analiza los rasgos que lo distancian del 27. Se titula Francisco Ayala, escritor independiente. Remito a su lectura.

En él, hago referencia precisamente a esa personalidad independiente, poco dada al gregarismo, que poseía el escritor, que sin duda es un punto esencial en la polémica. En sus memorias, Ayala habla de los artistas del 27 como testigo de la época, nunca llegándolos a considerar tan cercanos como ellos se consideraban entre sí. Porque una de las grandes características de esa generación fueron los grandes lazos de unión surgidos entre sus miembros: cómo olvidar la íntima relación entre Lorca y Dalí, entre Aleixandre y Gregorio Prieto, el amor de Alberti y María Teresa León; la fuerte amistad de Jorge Guillén y Pedro Salinas, de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre… Incluso el arisco Cernuda se encontraba en el centro del círculo, con la amistad que le unió a Lorca o a Aleixandre, sin olvidar su camaradería con Altolaguirre, en cuya casa pasó los últimos años de su vida. Pero no así Ayala. Él tenía sus propias amistades, era poco dado a asistir a las tertulias literarias que resultaban fundamentales para los escritores de su época, y continuamente estaba viajando fuera de España. Mi opinión es que precisamente su necesidad de independencia es el motivo más fuerte para que una parte de la crítica no lo catalogue dentro de la Generación del 27.

Ayala en 2007, durante la inauguración de su Fundación en el Palacete Alcázar Genil de Granada
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Dejando a un lado la polémica, Francisco Ayala ha constituido un claro ejemplo de lucidez hasta el final de sus días, pasado ya más de un siglo. Granadino de nacimiento, emigró a Madrid a los 16 años, y fue testigo del surgimiento del nazismo gracias a su estancia en Berlín entre 1929 y 1931. Caracterizado siempre por un fuerte compromiso político, ejerció como funcionario del Ministerio de Estado durante la Guerra Civil española, y posteriormente se vio obligado a exiliarse a Buenos Aires, trasladándose después a Puerto Rico y más tarde a Estados Unidos, donde dio clase en varias universidades. No se instalaría definitivamente en España hasta 1976. Con una vida tan ajetreada, no resulta extraño que llegara a afirmar que «La patria de un escritor es su lengua».

A lo largo de su vida nos ha dejado una fructífera obra compuesta de novelas, como Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1922); recopilaciones de relatos, entre las que destacan El hechizado y otros cuentos (1972) o El jardín de las delicias (1971); y ensayos de temática literaria, filosófica y sociológica. También escribió unas memorias tituladas Recuerdos y olvidos, que terminó definitivamente en 2006, demostrándonos que a los 100 años de edad aún se encontraba en plena posesión de sus facultades, y que se consideran un testimonio único del siglo XX.

Pronto hará un mes de su fallecimiento, provocado por una bronquitis de la que no se recuperó. Y ahora sí que, definitivamente, los medios de comunicación no podrán volver a anunciar la muerte del último representante de la Generación del 27. Porque, verdaderamente, este era el último.


«Soy un cómico que lleva años esperando a que se baje el telón, pero no termina de bajarse. » (Francisco Ayala en 2007, durante su 102 cumpleaños)


Artículos de El País relacionados:

Muere Francisco Ayala, gran testigo de la literatura española del siglo XX
Un hombre sin enemigos
La pasión y la inteligencia
La vida, instrucciones de uso

martes, 21 de abril de 2009

Memoria y noche

José Manuel Caballero Bonald, 2005, Fundación Caballero Bonald


A sus 82 años, el poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald vuelve a lanzar al mundo otro grito de revolución contra el tiempo en su nuevo libro: “La noche no tiene paredes” (Seix Barral, 2009), un título alegórico de la libertad. Para el poeta, la noche constituye el gran momento del día en el que nada lo detiene ni lo encierra: el único momento en que es verdaderamente libre. Y la misma noche no es más que un espíritu revolucionario que oscurece el día, que acaba con la luz de la certeza –esa que resulta tan inhumana para el poeta-, que mezcla los pasados, presentes y futuros en un mismo licor embriagador en el que nada es lo que tiene que ser. El día no es más que un escenario adormecido que comienza a despertar con las primeras estrellas: la noche constituye la verdadera vida.

Sin perder su estilo característico –cuidadosa elección léxica y oraciones largas-, Caballero Bonald se adentra en las profundidades más remotas de la mente, concediendo un lugar primordial a la memoria, los recuerdos, la rebelión contra el mismo devenir histórico o vital; a lo largo de los 103 poemas que componen su nuevo libro.

Nacido en Jerez de la Frontera en 1926, José Manuel Caballero Bonald forma parte de la llamada Generación de los 50, junto a otros autores como Ángel González, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma o Claudio Rodríguez. Además de poesía, ha escrito numerosos artículos y ensayos, dos libros de memoria y cinco novelas, entre ellas “Dos días de setiembre” (1926), “Ágata ojo de gato” (1974) y “Toda la noche oyeron pasar pájaros” (1981). Su obra poética completa está recogida en “Somos el tiempo que nos queda” (Seix Barral, 2007). En 2005 ganó el Premio Nacional de Poesía por su obra “Manual de infractores”.




"La noche no tiene paredes", Seix Barral, 2009, Barcelona




La noche no tiene paredes



Doy la vuelta a la noche, entro
en su cámara inversa, en su hondonada
de humo, en la oquedad
contraria a la pared
del aire,
justo donde convergen
las distancias que nunca se han juntado,
las libertades más difíciles,
hasta que de improviso encuentro allí
consecutivamente el germen, la incitante
demarcación del laberinto
con su luz primordial, su punitiva
complicidad con la justicia,
esa insistencia
soberana
en la celebración de estar viviendo.



J.M. Caballero Bonald, La noche no tiene paredes


jueves, 16 de abril de 2009

"Pero tú siempre acuérdate de lo que un día yo escribí..."


José Agustín Goytisolo en 1996, archivo El País

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.



Veinte años después de escribir aquellos versos, el 20 de marzo de 1999, el poeta José Agustín Goytisolo se quitó la vida al arrojarse al vacío desde la ventana de su casa. Una triste ironía con la que culminó una existencia dedicada a luchar con el arma más débil y más poderosa a la vez: las palabras. Fue Goytisolo quien dijo aquello de “Prefiero que recuerden algunos de mis versos / y que olviden mi nombre. Los poemas son mi orgullo". Pero sus versos también son él mismo.

José Agustín Goytisolo Gay nació el 13 de abril de 1928 en Barcelona, en plena dictadura de Primo de Rivera. Fue el mayor de tres hermanos escritores en una familia burguesa y castellano-hablante; sus hermanos Juan y Luis aún viven y son muy conocidos en el panorama literario. José Agustín vivió la Guerra Civil (1936-39) siendo solo un niño, hecho que le marcaría durante el resto de su existencia, sobre todo por el bombardeo franquista que acabó con la vida de su madre en 1938. El tema materno está muy presente en su primer libro, “El retorno”, y en uno de los últimos, “Final de un adiós”, y en 1993 el autor recopiló todos estos poemas bajo el título “Elegías a Julia Gay”. El mismo nombre de su madre se lo puso a su hija, la protagonista del célebre poema “Palabras para Julia”.

Gabriel Celaya, Blas de Otero, Asunción Carandell, Carlos Barral y José Agustín Goytisolo, Archivo El País
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José Agustín perteneció a la llamada Generación de los 50 junto a otros poetas como Ángel González, José Manuel Caballero Bonald o José Ángel Valente. Su poesía se caracteriza por la sencillez semántica y el uso de la ironía y el sarcasmo para tratar asuntos amorosos o temas críticos con la dictadura franquista que imperó en España hasta 1978. Los convencionalismos se pierden y el mundo se vuelve del revés; los lobos y los piratas se hacen buenos, las brujas hermosas y los príncipes malos.

En marzo se han cumplido diez años desde su suicidio, provocado por una profunda depresión que le llevó a decir, en su último cumpleaños: "Si tuviera que volver a vivir todo lo que he vivido, preferiría no volver a vivirlo". Para conmemorarlo, se ha organizado una exposición sobre su vida y obra en el Círculo de Lectores de Barcelona y se ha llevado a cabo un congreso en la Universidad Autónoma de Barcelona dirigido por Carmen Riera y con las intervenciones de su viuda, Asunción Carandell; su hermano Luis, su hija Julia y el célebre cantautor que puso música a sus versos: Paco Ibáñez. Además, se han publicado dos libros: “Más cerca” (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), una selección de sus artículos, y la edición crítica de su “Poesía Completa” (Lumen).

Pincha aquí para leer “Palabras para Julia”, de J.A. Goytisolo







martes, 14 de abril de 2009

La Generación del 27 y la II República española


Antonio Machado, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala; creadores y partícipes de la Agrupación al Servicio de la República; 1931, Fundación Ortega y Gasset.


Luis Cernuda en Burgohondo, Ávila; durante las Misiones Pedagógicas de la II República; 1932; archivo de la Residencia de Estudiantes
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Luis Cernuda con un niño de Cuéllar durante las Misiones Pedagógicas, 1933; archivo de la Residencia de Estudiantes



Federico García Lorca, junto a Rafael Alberti y Mª Teresa León, lee un manifiesto comunista en un restaurante madrileño; 1936; Fundación Federico García Lorca.


Miguel Hernández en el frente, 1937; archivo EFE


Miguel Hernández recitando ante las milicias republicanas, 1937; archivo de la Biblioteca Nacional.


Rafael Alberti en Radio Madrid, 1938; Fundación Rafael Alberti


Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y José Bergamín (sentado) en el frente, 1936; Biblioteca virtual Miguel de Cervantes


Mitin de Rafael Alberti en 1936; Fundación Rafael Alberti


Primera edición de "Viento del pueblo" de Miguel Hernández, 1937
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Nº 7 (8 de octubre de 1936) de "El Mono Azul", revista dirigida por Rafael Alberti
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Cartel del film "Espoir. Sierra de Teruel"(1938), de André Malraux. En el film actúa Serafín Fernández Ferro, perteneciente a la Generación del 27


Dibujo de Alberti para las antiguas Brigadas Internacionales, 1996, Fundación Rafael Alberti: "Esta paloma de la Paz para los valientes Brigadas Internacionales"

sábado, 4 de abril de 2009

Escribir en la España del s.XIX

Retrato de Mariano José de Larra por Gutiérrez de la Vega, 1837


Si nuestra antigua literatura fue en nuestro Siglo de Oro más brillante que sólida, si murió después a manos de la intolerancia religiosa y de la tiranía política, si no pudo renacer sino en andadores franceses, y si se vio atajado por las desgracias de la patria ese mismo impulso extraño, esperemos que dentro de poco podamos echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la sociedad nueva que componemos, toda de verdad, como de verdad es nuestra sociedad, sin más reglas que esa verdad misma, sin más maestro que la naturaleza, joven, en fin, como la España que constituimos. Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. He aquí la divisa de la época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: ¿Nos enseñas algo? ¿Nos eres la expresión del progreso humano? ¿Nos eres útil? Pues eres bueno. No reconocemos magisterio literario en ningún país; menos en ningún hombre, menos en ninguna época, porque el gusto es relativo; no reconocemos una escuela exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala. Ni se crea que asignamos al que quiera seguirnos una tarea más fácil, no. Le instamos al estudio, al conocimiento del hombre; no le bastará como al clásico abrir a Horacio y a Boileau y despreciar a Lope o a Shakespeare; no le será suficiente, como al romántico, colocarse en las banderas de Víctor Hugo y encerrar las reglas con Molière y con Moratín; no, porque en nuestra librería campeará el Ariosto al lado de Virgilio, Racine al lado de Calderón, Molière al lado de Lope; a la par, en una palabra, Shakespeare, Schiller, Goethe, Byron, Víctor Hugo y Corneille, Voltaire, Chateaubriand y Lamartine. […]


Mariano José de Larra, “Literatura. Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir.” El Español, 18 de enero de 1836.



He aquí la acertada visión sobre la literatura española en pleno siglo XIX de uno de los literatos españoles más célebres. Este texto está extraído de uno de sus famosos “Artículos”, que constituyen uno de los documentos periodísticos más importantes de la historia de España. Algunos, para escapar de la censura, aparecían bajo pseudónimos como Fígaro o El pobrecito hablador. Larra quería cambiar España, hacer de ella un país progresista, pero sus deseos chocaban con la realidad que captaba en sus “Artículos”. Él fue quien escribió aquello de Escribir en España es llorar, que mucho más tarde Luis Cernuda reforzaría con su frase Escribir en España no es llorar, es morir. A la muerte precisamente le llevó a Larra su frustración existencial: una muerte prematura –antes de cumplir los 28. Instantes después de que le dejara su amante, Dolores Armijo, resonó un disparo en el piso de la madrileña calle de Sta. Clara, nº 3: el genial escritor se acababa de suicidar.

Este año se conmemora el bicentenario del nacimiento de Mariano José de Larra (1809-1837) con una biografía escrita por un descendiente, Jesús Miranda de Larra; y una serie de conferencias a nivel nacional.


"Larra, biografía de un hombre desesperado",
Jesús Miranda de Larra, Ed. Aguilar

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