jueves, 3 de febrero de 2011

Vuelta al simbolismo

"Viajero frente a un mar de nubes", de Caspar David Friedrich


¿Huir? La fuga es el recurso romántico.

(Luis Cernuda)


Vuelvo a dedicar otra entrada a José Manuel Caballero Bonald, esta vez en referencia a su entrevista en Babelia hoy, en la que ha hablado sobre las tendencias de la poesía actual. En sus propias palabras, los jóvenes poetas están rompiendo con el realismo imperante en las últimas décadas para internarse por un simbolismo o un presurrealismo cuyas raíces se encuentran en la época de los románticos.

José Manuel Caballero Bonald, poeta de la Generación de los 50

¿Volvemos a alejarnos de la realidad? No olvidemos que el sentido del movimiento romántico del siglo XIX era evadirse en el tiempo y en el espacio, a mundos de fantasía o épocas antiguas idealizadas. Herederos en parte de ese romanticismo literario son otros movimientos desarrollados a lo largo de ese siglo; como el modernismo, el parnasianismo y, muy especialmente, el simbolismo. Y vayamos a la definición más célebre de simbolismo, aportada por uno de sus poetas integrantes, Jean Moréas, que consideró el movimiento como enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la descripción objetiva. Es decir, una huida de la racionalidad y un deseo de ausencia: de inventar un mundo construido a base de símbolos o de transformar el mundo que conocemos dando la vuelta a los cánones de realidad.

Paul Verlaine, poeta destacado del simbolismo francés

El simbolismo fue tan importante en el panorama literario que puede considerarse como precursor de una de las vanguardias surgidas tras la Primera Guerra Mundial: el surrealismo. El surrealismo desafía la lógica y la razón a través de imágenes conseguidas a partir de la escritura automática, que profundiza en las teorías freudianas de la interpretación de los sueños. Al contrario de lo que podemos percibir en otros movimientos artísticos, en los cuales hay una cierta independencia entre sus distintas manifestaciones, en el surrealismo se produce una clara identificación entre literatura y pintura. Tal vez porque dicha literatura se basa precisamente en imágenes, es algo así como transcribir una pintura surrealista a palabras.

"El espejo", de René Magritte

El deseo de huida de la realidad terminó con la proximidad de la Segunda Guerra Mundial y, más concretamente, con el comienzo de la Guerra Civil española. En torno a 1936, la literatura se puso al servicio de la ideología política o dio voz al pueblo, aferrándose a la realidad para mezclarse con ella y aspirar a transformarla. Ese realismo se mantuvo durante toda la posguerra, y ha predominado desde entonces –la generación poética de los 50 es un claro ejemplo.


De repente, en pleno siglo XXI, Caballero Bonald afirma que está renaciendo aquel remoto simbolismo, adaptado a los nuevos tiempos. El poeta habla también de presurrealismo para subrayar su diferencia del surrealismo puro y duro, que paradójicamente era una escuela muy cerrada y con limitaciones temáticas. Actualmente impera, según Caballero Bonald, la diversidad, la ausencia de escuelas.

A los jóvenes poetas nos recomienda ciertas lecturas esenciales: los románticos ingleses y alemanes (Keats, Shelley, Holderlin…), las Soledades de Góngora, poetas hispanoamericanos como César Vallejo u Octavio Paz, y los que él considera los tres fundamentales de la literatura española contemporánea: Juan Ramón, Cernuda y García Lorca. A este respecto, me gustaría señalar el paralelismo de las recomendaciones con la trayectoria literaria de Luis Cernuda –que, en anteriores entrevistas, el escritor ha definido como el mejor de la Generación del 27. Cernuda fue el mayor especialista en Bécquer –poeta prerromántico por excelencia-, y se adentró por el romanticismo inglés y alemán –recordemos aquella anécdota según la cual se llevaba un libro de Holderlin al frente durante la Guerra Civil-, muchos de cuyos autores tradujo al español. Su etapa de madurez, con poemas filosóficos y reflexivos, demuestra claramente las influencias. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que Cernuda fue un romántico moderno.

Luis Cernuda, poeta y crítico de la Generación del 27

No conozco lo suficiente la poesía joven actual como para corroborar la opinión de Caballero Bonald pero, en todo caso, personalmente creo que la humanidad no podría permanecer en un interminable estado de irrealidad: todos necesitamos evadirnos –tal vez, algunos más que otros. Y puede ser que en esa aparente irrealidad haya más objetividad que en cualquier otro camino.

martes, 1 de febrero de 2011

Surrealismo lorquiano


Con Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes


El pasado martes 23 de enero, tuve ocasión de asistir a una conferencia impartida por el poeta José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid sobre Federico García Lorca: “Federico García Lorca: recreación de la palabra”.

Con su habitual genialidad y lucidez –asombrosa, por otra parte, para su edad-, el maestro de la Generación de los 50 nos deleitó con una brillante reflexión sobre las etapas de la poesía lorquiana, tan distintas y a la vez tan conectadas entre sí. Planteó la lírica popular andaluza como un telón de fondo que se mantiene desde el primer Lorca de Libro de Poemas, Canciones o Romancero Gitano, hasta el Lorca cuasi surrealista de Poeta en Nueva York y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Caballero Bonald en el ciclo Maestros x Maestros de la Residencia

Esa lírica popular es precisamente la que le impide considerar sus obras más surrealistas como auténticamente surrealistas. Caballero Bonald señaló que en Poeta en Nueva York, a pesar de tender Lorca hacia un surrealismo puro, en determinados momentos de la obra no puede evitar un giro hacia sus orígenes, e introducir imágenes que, para el movimiento surrealista, podrían ser “demasiado sentimentales”. Caballero Bonald destacó el Llanto por tratarse de la obra en la que Federico combina con mayor soltura sus dos caras poéticas. Veamos, por ejemplo, el contraste entre estas dos estrofas de Alma ausente:

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

"El beso", dibujo surrealista de FGL

Lorca siempre se negó a cualquier tipo de adoctrinamiento. En política –a pesar de sus ideas progresistas e izquierdistas- no estuvo afiliado a ningún partido –él decía considerarse del partido de los pobres-; en literatura, nunca quiso encuadrarse en ninguna vanguardia, a pesar de que Guillermo de Torre y otros autores intentaron conducirle por la senda del ultraísmo, en sus tiempos de Residencia. Tal vez quien más consiguió a este respecto fue Salvador Dalí, su íntimo amigo y amor platónico, que por aquellos tiempos comenzaba a unirse al movimiento surrealista y a despreciar todo lo que pudiera considerarse mínimamente sentimental o caduco. Eran los tiempos de los putrefactos y del odio acérrimo al melancólico y blando Platero de JRJ. Federico quedó contagiado en parte de este espíritu, pero sin rebajarse a él y siguiendo siempre su propio camino, como queda demostrado en sus obras a partir de 1929.

Residencia de Estudiantes de Madrid

Podemos hablar, por tanto, de un surrealismo lorquiano, separado del movimiento surrealista más oficial, con características propias y especiales. Una creación del genial autor granadino. Y yo no puedo evitar hacerme la misma pregunta que planteó Caballero Bonald para finalizar su conferencia en la Residencia: ¿si Lorca evolucionó de una forma tan increíble en veinte años, qué nos hubiera deparado su madurez poética si no hubiese sido asesinado en aquel terrible julio del 36?

domingo, 31 de octubre de 2010

El poeta que supo llegar al corazón


Miguel Hernández durante la Guerra Civil española


A lo largo de este último año, la figura de Miguel Hernández ha ido ganando una inusitada relevancia en el panorama literario actual. Hemos pasado de apenas encontrar obras suyas en las estanterías de las librerías españolas más populares –en algunas, como Fnac, su nombre ni siquiera figuraba en la clasificación- a tener un día sí y otro también conferencias en torno a su persona, exposiciones, tertulias; a ver publicadas numerosas biografías y ensayos y, lo absolutamente sorprendente y deseable: una obra completa en condiciones. Me refiero a los dos elegantes volúmenes de Espasa que aparecieron la pasada primavera y recogen tanto su poesía como su prosa y teatro, e incluso su epistolario. Hemos debido esperar al 100 aniversario de su nacimiento –que tuvo el pasado 30 de octubre- para que algo que debió hacerse mucho tiempo atrás –es vergonzoso que no existiera una obra completa de uno de los poetas más importantes en lengua española- sea por fin realidad. Pero, por desgracia, esto ocurre así con la mayoría de poetas –recuerdo especialmente el caso de Cernuda, al cual se empezó a valorar verdaderamente a partir de 2002, año en que se cumplían 100 años desde su nacimiento.

Además de en el plano literario, Hernández ha ocupado parte del panorama político-jurídico al protagonizar una batalla que sus herederos y los miembros de la asociación que lleva su nombre están llevando a cabo para limpiar su memoria exigiendo al Tribunal Supremo que anule la sentencia de muerte a que fue condenado en 1940 por rebelión contra el movimiento franquista. La sentencia fue dictada por el Consejo de Guerra Permanente, un órgano franquista, y no se pudo cumplir porque el poeta murió antes –aunque fue previamente conmutada por cadena perpetua. A día de hoy, sigue vigente.



El poeta recitando en el frente de batalla

El caso es que, entre unas cosas y otras, últimamente no se oye hablar más que de Miguel Hernández. Y sin embargo, su persona sigue siendo un hueso duro de roer a la hora de ser clasificada en generaciones o movimientos literarios. Hablar de Miguel Hernández es hablar de una obra independiente, original, inclasificable. Algunos estudiosos lo incluyen dentro de la Generación del 27, y lo contemplan como una especie de discípulo de poetas como Alberti, García Lorca o Aleixandre –a este último lo unieron lazos más personales que poéticos. El mismo Dámaso Alonso lo considera como hermano menor o genial epígono. Si bien es cierto que Hernández se movió en los círculos próximos a esta generación, nunca entró en ella de lleno y por su edad, no le corresponde. Hernández nació en 1910, cinco años más tarde que el benjamín de la Generación: el malagueño Manuel Altolaguirre. Tal vez precisamente por su edad proceda más incluirlo en la siguiente generación: la del 36, compuesta por escritores como Buero Vallejo, Cela, Delibes, Celaya, Panero, Ridruejo… Pero tampoco considero que esta generación sea la más apropiada para el poeta, puesto que es conocida también con el nombre de generación de la posguerra, y la actividad literaria de Hernández se desarrolló principalmente en los años treinta y cobró toda su fuerza durante la Guerra Civil española. Es más, su prematura muerte en 1942 actúa como un firme contraargumento a esta tesis.





El poeta recitando en el frente de batalla


No solo su persona, también su poesía resulta en muchos aspectos inusual para la época que le tocó vivir. Miguel Hernández no incurrió en ningún movimiento de vanguardia, como sus contemporáneos; se nutrió directamente de fuentes clásicas como Góngora o Garcilaso, un hecho que queda perfectamente reflejado en sus primeras obras, Perito en lunas y El rayo que no cesa, de corte barroco y de algún modo anticuado para aquellos años. Es poco antes del estallido de la Guerra Civil cuando el poeta deja atrás la religiosidad y la temática que había mantenido hasta entonces, para simplificar su discurso y acercarse al pueblo: para ser el pueblo mismo. Viento del pueblo y El hombre acecha son dos obras escritas en este último período, compuestas de poemas que el propio Hernández recitaba en el frente de batalla para animar a los soldados republicanos. Cancionero y romancero de ausencias es la última lágrima literaria del poeta, escrita desde la cárcel, desgarradoramente tierna y, tal vez, la auténtica muestra real de la poesía de Miguel. Porque en ella ya no encontramos pretensiones en la forma, como en las primeras, o aspiraciones bélicas; en ella el poeta dibuja su añoranza, su nostalgia y su tristeza de una manera simple que llega al corazón. Y precisamente ahí está la clave de la celebridad de Miguel Hernández.


El poeta recitando en el frente de batalla


Miguel Hernández, hijo de cabreros, autodidacta literario, auténtico poeta del pueblo –más que ningún otro-; constituye una clara demostración de que, a menudo, las tendencias en literatura, los movimientos artísticos o las generaciones quedan en un plano secundario frente a la Poesía, en cualquier estilo o forma, que sepa llegar al corazón de la gente. Miguel, con un estilo que muchos podrían considerar entonces pasado de moda, consiguió llegar a la cumbre de la literatura española, y de ser estudiado al lado de tantas otras grandes figuras como Lorca, Alberti o Machado. He ahí un ejemplo de superación; he ahí un Poeta.

Para terminar, dejo aquí una presentación que realicé hace un tiempo:


jueves, 25 de febrero de 2010

Pero que todos sepan que no ha muerto

.Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos.
¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!»

Mariano José de Larra


Él conocía que todo estaba muerto

en mí, que yo era un muerto
andando entre los muertos.

Luis Cernuda


Mariano José de Larra, por Gutiérrez de la Vega




El pesimismo siempre fue inherente a Mariano José de Larra. Él fue quien dijo aquello de “Escribir en España es llorar”, que años más tarde Luis Cernuda reforzaría con su verso “Escribir en España no es llorar, es morir”, en aquel célebre poema en el que le regala unas violetas. Morir. Cabe preguntarse en qué momento murió Larra, si acaso no lo hizo antes, mucho antes de disparar aquel arma que lo trasladó a la cumbre de todas las leyendas del romanticismo. Si acaso no estaba ya muerto mientras paseaba por aquel lóbrego cementerio que era la ciudad de Madrid –esa ciudad de más de un millón de cadáveres-, en el que hasta la esperanza, luz efímera apenas entrevista, encontró un sepulcro en su propio corazón.

Larra no murió el 13 de febrero de 1837; empezó a morir desde el instante inconcreto en que fue consciente de la profunda parálisis que envolvía su sociedad, esa sociedad a la que nunca se sintió pertenecer. Y aun estando muerto, libró una cruenta batalla contra la realidad, contra el silencio, contra la terrible censura de la época. El Duende Satírico, El Pobrecito Hablador, Fígaro: sentenciosos fantasmas que esgrimían incesantemente su largo y furioso lamento. Con brillantez, inteligencia e ironía; Larra criticó el absolutismo, el miedo, la pereza, la apatía, las tradiciones caducas, el lamentable desinterés por la cultura; y lo hizo mezclando dos mundos que confluyen más de lo que habitualmente imaginamos: el periodismo y la literatura.

Doscientos años más tarde de su nacimiento, una exposición en la Biblioteca Nacional de Madrid recuerda no solo su obra, sino también al hombre que había tras ella y que se atrevió a luchar contra el silencio. Cartas, cuadros, trajes, enseres personales; detalles que uno a uno configuran su persona, que nos trasladan a otra época, que nos hacen preguntarnos si realmente sus palabras podrán pasar de moda alguna vez. Después de todo, y a pesar de que, afortunadamente, la democracia ha llegado a nuestra sociedad, una no puede dejar de presentir una leve, casi imperceptible ausencia de algo inconcreto. Una apatía incierta que domina el mundo, que lo frivoliza, que nos hace sentirnos extranjeros en nuestra propia tierra si queremos sentir algo más profundo que la mera existencia. La diferencia es que ya no contamos con un Fígaro que nos inste a tener curiosidad por aprender, a interesarnos por la cultura o a ser más honestos. Solo nos queda su recuerdo y su voz rebelándose desde el fondo de los libros.

Tal vez Larra no renunciara aquel 13 de febrero a la vida, sino precisamente a la muerte: a la muerte que le aguardaba en cada una de las esquinas de su atormentada existencia, de su inevitable exilio interior, de la impotencia que suponía vivir en un país sonámbulo sin conseguir despertarlo. Simplemente, descubrió que ya no quería seguir viviendo en aquella muerte. Fue su última queja, su última crítica a un mundo sórdido y terrible. Y España entera guardó luto por uno de los más grandes escritores, periodistas y críticos que ha tenido nuestro país. Pero el olvido ya jamás lo envolvería en sus oscuras aguas, porque fue entonces cuando nació la leyenda. Finalizo con unos versos de Lorca que, a mi modo de ver, reflejan lo que pudo pasar por la cabeza de aquel genio segundos antes de disparar la pistola:

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto.

Federico García Lorca



RECURSOS:




jueves, 17 de diciembre de 2009

Cuestión de números


Federico García Lorca, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre


Hoy se cumplen 82 años desde la celebración, en el Ateneo de Sevilla, del acto conmemorativo por el tercer centenario de la muerte de Góngora que dio nombre a la Generación del 27. Organizados por el torero y literato Ignacio Sánchez Mejía –famoso por la Elegía que a su muerte le dedicara García Lorca-, los actos se desarrollaron a lo largo de dos días -16 y 17 de diciembre-, no en el edificio del Ateneo, sino en el vecino de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. En ellos participaron varios escritores llegados desde Madrid (Lorca, Alberti, Guillén, Alonso, Diego, Chabás y Bergamín), acompañados por Sánchez Mejías; que realizaron lecturas de ensayos y poemas, tanto propios como de Góngora, y también de los jóvenes poetas sevillanos agrupados en torno a la revista Mediodía, incluidos entre el público –Adriano del Valle, Fernando Villalón, Joaquín Romero Murube y Luis Cernuda, entre otros. Ya concluidos los actos, el día 18, Sánchez Mejías organizó una fiesta en su finca, Pino Montano, a la que invitó a todos los asistentes. Allí tuvieron lugar divertidas anécdotas relatadas en numerosas ocasiones en los escritos biográficos de los presentes, como Rafael Alberti o Dámaso Alonso. Fue una oportunidad de conocerse mejor y estrechar los lazos de amistad que tan relevantes resultarían para los integrantes de esta generación literaria.

De aquel acto nos queda una fotografía , tomada por Pepín Bello, que estaba entre el público, que se ha convertido en una de las más populares de la literatura española. En ella podemos ver, de izquierda a derecha, a Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Romero, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.


Conmemoración al tercer centenario de la muerte de Góngora en 1927


Sin embargo, no todos los críticos coinciden en la denominación de Generación del 27, puesto que en tales actos conmemorativos faltaron algunas de las figuras más relevantes de la joven literatura de la época, como Vicente Aleixandre, Emilio Prados o Manuel Altolaguirre –estos dos últimos, considerados injustamente segundones, hasta el punto de que a menudo no se incluyen sus nombres en los manuales de texto-, y otros se encontraron entre el público. Luis Cernuda, crítico notable además de poeta, fue quien acuñó la denominación de Generación de 1925 para referirse a todos ellos, en su ensayo Estudios sobre poesía española contemporánea, cuando aún no se había aceptado la actual. Posteriormente, una parte de la crítica prefirió –y prefiere- seguir utilizando la denominación cernudiana. Los argumentos de Cernuda los expone a la perfección en el mencionado ensayo:

«Entre los años 1920 y 1930 aparecen los libros primeros de una nueva generación poética. Federico García Lorca es quien se adelanta en 1921 con su Libro de Poemas y Jorge Guillén, el más tardío, con la edición primera de Cántico en 1928. Mediando de una fecha a la otra, se publican: Imagen, de Gerardo Diego, en 1922 (no es su primer libro, pero sí el más importante de sus libros primeros); Presagios, de Pedro Salinas, en 1923; Tiempo, de Emilio Prados, en 1925; Marinero en Tierra, de Rafael Alberti, también en 1925; Las islas invitadas, de Manuel Altolaguirre, en 1926; y Ámbito, de Vicente Aleixandre, publicado, como Cántico, en 1928, pero anticipado a este en algunos meses. (…) A falta de denominación aceptada, la necesidad me lleva a usar la de generación de 1925, fecha que, aun cuando nada signifique históricamente, representa al menos un término medio en la aparición de sus primeros libros.» (Luis Cernuda, Estudios sobre poesía contemporánea española, 1957).


Luis Cernuda en los años treinta


A esto hay que añadir que en 1925 también se publicó Perfil del aire, primer libro del autor de este ensayo, que por humildad no lo ha incluido en sus palabras. Aunque Cernuda admite que es la necesidad la que lo lleva a escoger tal fecha, a falta de una denominación aceptada, su elección es bastante más acertada de lo que pretende darnos a entender, incluso él mismo siguió usando la denominación una vez generalizada la del 27.

A título personal, he de decir que yo, al contrario que la mayoría, opto más por la de 1925, ya que considero que el homenaje a Góngora no reúne en sí mismo las suficientes condiciones de relevancia como para englobar a una generación entera, y ya no solamente por el hecho de que hubiera figuras importantes que no participaran en él. Resulta cierto que la influencia de Góngora fue clave para todos aquellos poetas durante los primeros años, pero antes de esta etapa clasicista hubo una metafórica, llamémosla, influenciada en grado sumo por las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Y hacia 1927, ya se produjo un abandono generalizado del clasicismo y una preferencia por nuevas corrientes como el surrealismo. Así pues, Góngora no constituye más que una etapa transitoria en la mayoría de autores de la generación, y parece un poco brusco, por tanto, encasillarlos en él. Dicho lo cual el acto celebrado en Sevilla en 1927 se habría de considerar más como una fecha anecdótica en el panorama literario español que como una fecha histórica propiamente dicha, si la comparamos, por ejemplo, con 1898. Este fue el año en que España perdió Cuba, el año que dio nombre a la generación anterior, la del 98; pero en este caso sí se trata de una fecha histórica que marcaría el rumbo de la literatura de la época.


Publicación de "La realidad y el deseo" en 1936


La generación del 27, o del 25, existe ya antes del homenaje a Góngora, y existirá con mucha mayor fuerza después, durante la II República. Elegir esa fecha para otorgarles una denominación me parece un poco atrevido. Incluso podría decir que, si tuviéramos que escoger una fecha clave para la generación, los años de la Guerra Civil me parecerían mucho más apropiados, porque no solo se trata de una fecha histórica, sino que además constituye un punto de inflexión en la obra de todos los autores, que interrumpieron el rumbo de su poesía para escribir la llamada poesía urgente, y que acabó separando definitivamente a todos ellos: unos se exiliaron, otros decidieron quedarse en la nueva dictadura. Y en todos se produjo una evolución poética, ya fuera para expresar la nostalgia por la patria perdida –Cernuda, Alberti-, su desarraigo en la nueva España –Aleixandre, Dámaso Alonso- o su a la dictadura –caso de Gerardo Diego.

Puede que precisamente este último argumento sea el que esgriman algunos para hacer frente a mi modesta opinión: que la Guerra Civil dividió muchos de los lazos de amistad que caracterizaron a toda esta generación. O que la actividad literaria en el exilio debiera considerarse aparte de sus trayectorias anteriores… No quiero profundizar en ello pero, en cualquier caso, a falta de una denominación que me parezca más indicada, yo prefiero optar por la de Generación de 1925. Cuestión de números, al fin y al cabo.
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Finalizo con un video elaborado por quien esto escribe, con fotografías de la época:
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jueves, 26 de noviembre de 2009

Ya se bajó el telón

Francisco Ayala en 2007



Después de dejar el blog en manos del olvido durante un largo tiempo, he decidido volver a retomarlo, aprovechando esta primera entrada de la nueva era para hacer algo que tenía pendiente desde hace varias semanas: dedicarle unas líneas a Francisco Ayala, fallecido el pasado 3 de noviembre a los 103 años.

Lo primero que subrayaron los medios fue que había muerto el último representante de la Generación del 27. El mismo enunciado que habían utilizado para el fallecimiento de Rafael Alberti en 1999 y, posteriormente, para el de Pepín Bello en 2008. Lo más contradictorio es que se trata de los mismos medios, como si fueran capaces de aclararse y no les importara confundir a los lectores. Parece que los representantes vivos de la Generación del 27 no se les acaban nunca…

Con esto no quiero mostrar mi oposición a incluir a Ayala dentro de esta generación; al contrario, mi opinión es que, a pesar de que no poseyera fuertes lazos de unión con el resto de miembros, el compromiso de su obra y la época que le tocó vivir lo sitúan claramente dentro de ella. Sin embargo, la mayor parte de la crítica lo ha catalogado siempre como escritor inclasificable. En este mismo blog publiqué hace meses, con motivo del 103 cumpleaños de Ayala, un artículo que analiza los rasgos que lo distancian del 27. Se titula Francisco Ayala, escritor independiente. Remito a su lectura.

En él, hago referencia precisamente a esa personalidad independiente, poco dada al gregarismo, que poseía el escritor, que sin duda es un punto esencial en la polémica. En sus memorias, Ayala habla de los artistas del 27 como testigo de la época, nunca llegándolos a considerar tan cercanos como ellos se consideraban entre sí. Porque una de las grandes características de esa generación fueron los grandes lazos de unión surgidos entre sus miembros: cómo olvidar la íntima relación entre Lorca y Dalí, entre Aleixandre y Gregorio Prieto, el amor de Alberti y María Teresa León; la fuerte amistad de Jorge Guillén y Pedro Salinas, de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre… Incluso el arisco Cernuda se encontraba en el centro del círculo, con la amistad que le unió a Lorca o a Aleixandre, sin olvidar su camaradería con Altolaguirre, en cuya casa pasó los últimos años de su vida. Pero no así Ayala. Él tenía sus propias amistades, era poco dado a asistir a las tertulias literarias que resultaban fundamentales para los escritores de su época, y continuamente estaba viajando fuera de España. Mi opinión es que precisamente su necesidad de independencia es el motivo más fuerte para que una parte de la crítica no lo catalogue dentro de la Generación del 27.

Ayala en 2007, durante la inauguración de su Fundación en el Palacete Alcázar Genil de Granada
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Dejando a un lado la polémica, Francisco Ayala ha constituido un claro ejemplo de lucidez hasta el final de sus días, pasado ya más de un siglo. Granadino de nacimiento, emigró a Madrid a los 16 años, y fue testigo del surgimiento del nazismo gracias a su estancia en Berlín entre 1929 y 1931. Caracterizado siempre por un fuerte compromiso político, ejerció como funcionario del Ministerio de Estado durante la Guerra Civil española, y posteriormente se vio obligado a exiliarse a Buenos Aires, trasladándose después a Puerto Rico y más tarde a Estados Unidos, donde dio clase en varias universidades. No se instalaría definitivamente en España hasta 1976. Con una vida tan ajetreada, no resulta extraño que llegara a afirmar que «La patria de un escritor es su lengua».

A lo largo de su vida nos ha dejado una fructífera obra compuesta de novelas, como Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1922); recopilaciones de relatos, entre las que destacan El hechizado y otros cuentos (1972) o El jardín de las delicias (1971); y ensayos de temática literaria, filosófica y sociológica. También escribió unas memorias tituladas Recuerdos y olvidos, que terminó definitivamente en 2006, demostrándonos que a los 100 años de edad aún se encontraba en plena posesión de sus facultades, y que se consideran un testimonio único del siglo XX.

Pronto hará un mes de su fallecimiento, provocado por una bronquitis de la que no se recuperó. Y ahora sí que, definitivamente, los medios de comunicación no podrán volver a anunciar la muerte del último representante de la Generación del 27. Porque, verdaderamente, este era el último.


«Soy un cómico que lleva años esperando a que se baje el telón, pero no termina de bajarse. » (Francisco Ayala en 2007, durante su 102 cumpleaños)


Artículos de El País relacionados:

Muere Francisco Ayala, gran testigo de la literatura española del siglo XX
Un hombre sin enemigos
La pasión y la inteligencia
La vida, instrucciones de uso

martes, 21 de abril de 2009

Memoria y noche

José Manuel Caballero Bonald, 2005, Fundación Caballero Bonald


A sus 82 años, el poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald vuelve a lanzar al mundo otro grito de revolución contra el tiempo en su nuevo libro: “La noche no tiene paredes” (Seix Barral, 2009), un título alegórico de la libertad. Para el poeta, la noche constituye el gran momento del día en el que nada lo detiene ni lo encierra: el único momento en que es verdaderamente libre. Y la misma noche no es más que un espíritu revolucionario que oscurece el día, que acaba con la luz de la certeza –esa que resulta tan inhumana para el poeta-, que mezcla los pasados, presentes y futuros en un mismo licor embriagador en el que nada es lo que tiene que ser. El día no es más que un escenario adormecido que comienza a despertar con las primeras estrellas: la noche constituye la verdadera vida.

Sin perder su estilo característico –cuidadosa elección léxica y oraciones largas-, Caballero Bonald se adentra en las profundidades más remotas de la mente, concediendo un lugar primordial a la memoria, los recuerdos, la rebelión contra el mismo devenir histórico o vital; a lo largo de los 103 poemas que componen su nuevo libro.

Nacido en Jerez de la Frontera en 1926, José Manuel Caballero Bonald forma parte de la llamada Generación de los 50, junto a otros autores como Ángel González, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma o Claudio Rodríguez. Además de poesía, ha escrito numerosos artículos y ensayos, dos libros de memoria y cinco novelas, entre ellas “Dos días de setiembre” (1926), “Ágata ojo de gato” (1974) y “Toda la noche oyeron pasar pájaros” (1981). Su obra poética completa está recogida en “Somos el tiempo que nos queda” (Seix Barral, 2007). En 2005 ganó el Premio Nacional de Poesía por su obra “Manual de infractores”.




"La noche no tiene paredes", Seix Barral, 2009, Barcelona




La noche no tiene paredes



Doy la vuelta a la noche, entro
en su cámara inversa, en su hondonada
de humo, en la oquedad
contraria a la pared
del aire,
justo donde convergen
las distancias que nunca se han juntado,
las libertades más difíciles,
hasta que de improviso encuentro allí
consecutivamente el germen, la incitante
demarcación del laberinto
con su luz primordial, su punitiva
complicidad con la justicia,
esa insistencia
soberana
en la celebración de estar viviendo.



J.M. Caballero Bonald, La noche no tiene paredes


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